Explore "Dos mujeres" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los asuntos de la condesa estaban en buen estado y todo dispuesto para su largo viaje, que era, sin embargo, un secreto para todos. Carlos, todavía débil y triste, encadenado a los pies de su apasionada querida, veía acercarse el día de su expatriación con una especie de indiferencia. No tenía ya bastante energía ni para el dolor ni para el placer. Creyó, sin embargo, necesario ir a Madrid para depositar los asuntos de su padre en manos de los amigos de éste, y escribirle largamente como también a Luisa, confesando su culpa, implorando el perdón y renunciando a favor de su esposa todos los bienes que poseía de su madre, y cuantos por muerte de su padre pudiera heredar.
La condesa a quien detenían en su quinta algunos negocios le dejó partir ofreciéndole ir a reunirse con él a fines de semana (era lunes). Carlos, al hallarse solo, al dejar de ver sus ojos que le fascinaban, y de oír su voz que llegaba siempre al alma, conoció al mismo tiempo lo imposible que le sería vivir sin ella, y el remordimiento de una acción cuya enormidad no veía sino cuando dejaba de ver a su amada.