Explore "Guatimozín: Último emperador de Méjico" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
El paraje en que tan súbitamente se vio atacado el ejército español no podía serle más desfavorable, pues en manera alguna permitía maniobrar a la caballería. La ciudad situada a la orilla del lago, estaba casi por todas partes rodeada de agua; los esteros convertidos en laguna, como ya hemos dicho, y rota la calzada que servía de comunicación con la tierra. Aun cuando los tlacopanos no se presentasen tan denodados a la defensa o aun cuando se consiguiese desbaratarlos, la entrada en la población parecía imposible. Conociolo Cortés, y viendo maltratada a su gente por la lluvia de piedras, flechas, varas y saetas con que la acosaba el enemigo, tuvo por conveniente retirarse o retroceder al menos, hasta ponerse fuera de tiro y obligar a los de las piraguas a entablar el combate en tierra firme, donde tuviesen sus caballos las ventajas que no podían aprovechar en medio de aquellos pantanos. En efecto, ordenó la retirada sin volver espaldas al contrario, obedecieron aunque murmurando sus belicosos batallones. Más atrevidos los tlacopanos a vista de aquel movimiento, redoblaron su coraje y comenzaron a denostarlos con los más insultantes epítetos, hasta que saliendo repentinamente de sus filas un guerrero tezcucano que parecía avergonzado y colérico de la burla que se les hacía, dijo con alta voz y resuelto ademán:
-¡Malinche! Si se atreven tus soldados a seguirme, yo les haré entrar en Tlacopan, a despecho de esa muchedumbre de luilones que nos afrenta llamándonos mujeres. Pasando por la derecha esos esteros, que bien se puede, y metiéndonos en la acequia que han hecho rompiendo la calzada, hallaremos esta más adelante, pues no toda ha sido destruida, sino solamente el pedazo que se tendía sobre la tierra firme. La única dificultad consiste en el miedo que puedan tener tus soldados, pues habrán de pasar con el agua a la cintura y oyendo silbar sobre sus cabezas las flechas del enemigo.