Explore "La velada del helecho" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
-Mi abuela, que Dios tenga en su gloria, señora de cuya escrupulosa veracidad no nos es dable admitir la menor duda, refería gravemente que allá en los tiempos de su mocedad tuvo por amiga a una hermosa dama llamada Emma (espero que me dispensaréis de decir los nombres de familia) la cual amaba apasionadamente al doncel Arturo de. con quien la naturaleza anduvo tan pródiga como avara la fortuna. Para mayor desgracia, el barón, padre de la doncella, era hombre arruinado e incapaz por su carácter de comprender el invencible poderío de una pasión generosa. Así pues, negándose a aceptar por yerno al noble doncel sin patrimonio, se decidió a dar la mano de su hija a cierto plebeyo rico, que se ofrecía, ambicioso de emparentar con gente ilustre, a pagar las enormes deudas del magnate. En tal estado las cosas, llegó al país en que pasaban, la vieja Margarita, labradora de Albeuve, y que había sido nodriza de la madre de Arturo, a quien recibió en sus brazos cuando vino al mundo. Halló al pobre joven en lastimosa situación, y pronto echó de ver que corrían a la par inminente riesgo su corazón y su vida, si llegaba a perder de todo punto la esperanza que, aun contra todas las probabilidades, alienta todavía en el fondo del corazón más destrozado. La anciana labradora se acercó al lecho en que yacía postrado por su tristeza el amante de Emma, la noche en que acababa de saber estar ya definitivamente fijado el día funesto que pondría entre los dos un muro insuperable, y colocando su diestra sobre el pecho del joven.
-¿Tenéis valor? -le preguntó.