Explore "La velada del helecho" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Era el 27 de junio: habían trascurrido tres días desde la noche de la velada y Arnoldo Kessman no había vuelto a aparecer por la casa de su querida. No era ciertamente la primera vez que pasase tanto tiempo, y aun otro más dilatado sin verse nuestros jóvenes; pues distaba cerca de tres leguas el castillo de Montsalvens, y no siempre alcanzaba permiso el paje para ir a pasearse a Neirivue, ni tenía proporción de escaparse sin que se notase su ausencia. Nunca, empero, había sido tan alarmante y dolorosa para Ida la separación de su amante como lo era la vez a que nos referimos: la doncella, que no podía explicarse a sí misma satisfactoriamente la conducta de aquel en las últimas horas de la velada, ansiaba ocasión de hablarle, y después de pasar tres largos días en inútil expectativa, resolvió hacer ella alguna diligencia para encontrar a aquel que parecía olvidarla. Era domingo y tales días, en la buena estación, solían las zagalas subir al Moléson en las primeras horas de la mañana para correr y bailar a sus anchuras aprovechando la festividad. Arnoldo había asistido algunas veces a aquellas reuniones matutinas, y no dejaba Ida de tomar parte en ellas siempre que Juan Bautista se hallaba favorablemente dispuesto en el instante de pedirle su permiso. Por fortuna sucedió así el día 27 de junio, y la joven, que no había dormido mucho la noche anterior, saltó del lecho a los primeros gorjeos de las aves que saludaban al alba, y vistiéndose con ligereza corrió a juntarse a la lozana tropa juvenil que iba a emprender la subida al compás de los tamboriles y zampoñas.
Estaba alegre y fresca la madrugada, y las muchachas gozosas y juguetonas como los pájaros que saltaban trinando entre las ramas de los árboles, y como los corderos y ternerillos que triscaban subiendo por las hervosas faldas de la montaña; pero nada alcanzaba a distraer a nuestra heroína de sus amorosas inquietudes, y en medio del regocijo de la naturaleza parecía presentir su corazón que aquel día, que comenzaba tan sereno y tan puro, sería origen para ella de graves e inesperados sucesos.