La abadía de northanger by Jane Austen

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Mr. y Mrs. Allen lamentaron el verse privados de la compañía de Catherine, cuyo excelente humor y su alegría hacían de ella una compañera inapreciable, y cuya promoción no había hecho sino aumentar el goce del matrimonio. Pero conocedores de la felicidad que proporcionaba a la muchacha la invitación que la hiciera Miss Tilney, procuraron no lamentar excesivamente su ausencia. Por lo demás, tampoco tenían tiempo de echarla de menos, ya que habían decidido que en una semana se marcharían del balneario. Mr. Allen acompañó a Catherine a Milsom Street, donde había de almorzar, y no la dejó hasta verla sentada entre sus nuevos amigos. A Catherine le parecía tan increíble el encontrarse en medio de aquella familia, tenía tanto miedo a pasar por alto alguna regla de la etiqueta, que por espacio de unos minutos sintió deseos de regresar a la casa de Pulteney Street.

La amabilidad de Miss Tilney y las sonrisas de Henry ayudaron a disipar aquellos temores. Sin embargo, no recobró por entero la tranquilidad, ni lograron los cumplidos y atenciones del general devolverle su acostumbrada serenidad. Bien al contrario, se le antojó que de estar menos atendida se habría hallado más a su gusto. El empeño que ponía el general en hacerla sentir cómoda, los incesantes requerimientos de éste para que comiera, y el temor que manifestó de que tal vez lo que allí hubiera no fuera de su agrado -Catherine jamás había visto una mesa más abundantemente servida-, le impedían olvidar por un momento siquiera su calidad de huésped. Se sentía inmerecedora de aquellas muestras de aprecio y no sabía cómo corresponder a ellas. Contribuyó a inquietarla aún más la impaciencia que provocó en el general la tardanza de su hijo mayor, y más tarde, al presentarse éste, la pereza de que daba muestras, pues acababa de levantarse.

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