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Las ilusiones románticas de Catherine quedaron destruidas después de aquel incidente. Las breves palabras de Henry le habían abierto los ojos, haciéndole comprender lo absurdo de sus suposiciones. Se sentía profundamente humillada. Lloró amargamente. No sólo había perdido su propia estima, sino la de Henry. Su locura, que ahora se le antojaba criminal, había quedado descubierta. Su amigo seguramente la despreciaría. ¿Acaso podría perdonar la libertad que en su imaginación se había tomado con el buen nombre de su padre? ¿Olvidaría alguna vez su curiosidad absurda y sus temores? Sintió un odio inexplicable contra sí misma. Henry le había mostrado, o al menos así le había parecido a ella, cierto afecto antes de lo ocurrido aquella mañana fatal, pero ahora ya. Catherine se dedicó por espacio de media hora a atormentarse de todas las maneras posibles, y a las cinco bajó, con el corazón deshecho, al comedor, donde apenas logró contestar a las preguntas que acerca de su salud le formuló Eleanor. Henry se presentó poco después, y la única diferencia que la muchacha observó en su conducta fue que se mostró más pródigo en atenciones para con ella. Jamás se había encontrado tan necesitada de consuelo, y felizmente Henry se había dado cuenta de ello.
Transcurrió la velada sin que aquella tranquilizadora cortesía variara en absoluto, y al fin Catherine logró disfrutar de cierta moderada felicidad. Por supuesto, no podía olvidar lo pasado, pero comenzó a sentir esperanzas de que, puesto que aparte de Henry nadie se había enterado de lo ocurrido, él tal vez se decidiera a proseguir con sus muestras de amistad y aprecio.