Ensayo sobre el origen de las lenguas

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Esos progresos no son ni fortuitos ni arbitrarios; conciernen a las vicisitudes de las cosas. Las lenguas se forman naturalmente sobre las necesidades de los hombres; cambian y se alteran según los cambios de esas mismas necesidades. En los tiempos antiguos, cuando la persuasión era considerada una fuerza pública, la elocuencia era necesaria. ¿De qué serviría hoy que la fuerza pública remplazara a la persuasión? No se necesita ni arte ni figura para decir éste es mi placer. ¿Qué discursos entonces le quedan por hacer al pueblo reunido? Sermones. Y ¿qué importa a quienes los hacen para persuadir al pueblo, puesto que no es él quien da los cargos? Las lenguas populares se han vuelto para nosotros tan inútiles como la elocuencia. Las sociedades han cobrado su forma última: en ellas no se cambia nada si no es con cañones y dinero; y como ya no se tiene nada que decir al pueblo, salvo dad dinero, se le dice con carteles en las esquinas de las calles o con soldados dentro de las casas. No es necesario reunir a nadie para eso: por el contrario, hay que mantener dispersos a los sujetos; y ésa es la primera máxima de la política moderna.

Hay lenguas favorables a la libertad; son las lenguas sonoras, prosódicas, armoniosas, cuyo discurso se distingue desde muy lejos. Las nuestras están hechas para el ronroneo de los divanes. Nuestros predicadores se atormentan, sudan en los templos, sin que nadie sepa nada de lo que dijeron. Luego de haberse agotado gritando durante una hora, abandonan el púlpito medio muertos. Seguramente no valía la pena cansarse tanto.

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