Explore "Tirante el blanco" by Joanot Martorell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Una vez pasadas las fiestas, Tirante hizo armar una gran nave y cargarla de trigo para enviarla a Constantinopla y socorrer al emperador. Entonces llamó a Melquisedec, señor de Montágata, y le dijo que él tenía que ir con la nave, como mensajero para el emperador, y le rogó que se informase bien de la situación del imperio y de la princesa: le dio las instrucciones y las cartas credenciales, lo hizo ataviarse muy bien y mandó que fuese muy bien acompañado. Entonces izaron vela y con muy buen tiempo partieron para hacer el viaje.
Después de que hubo partido la nave, el valeroso Tirante ordenó levantar el campo, organizó la hueste, hizo cargar muchos carros con víveres y preparó la artillería con la finalidad de continuar conquistando otras villas, ciudades y castillos. Partió de allí y se dirigió a la ciudad de Caramén, que se halla en los confines de la Berbería y hace frontera con los negrines, o sea, con el territorio del rey de Borno, porque allí se habían refugiado tres de los reyes que huyeron después de haber sido derrotados por Tirante. Y con una gran multitud de gente de a pie y con caballos fue por aquellas tierras conquistando muchas villas, ciudades y castillos, unas veces por fuerza, otras mediante rendición, ya que muy a menudo sus habitantes iban al rey Escariano y a Tirante, les daban las llaves y les pedían merced. Éstos las aceptaban con muy buena voluntad, les aseguraban que no sufrirían daño en sus bienes ni en sus personas y les daban toda clase de franquicias. Por esto se les unían muchas gentes de a pie y con caballo. Y, a causa de la gran liberalidad que encontraban en Tirante, muchos se hacían cristianos; otros, por el contrario, continuaban en su secta sin ningún impedimento, por cuya razón decían que éste era el más magnánimo señor que se podía encontrar en todo el universo. Al llegar a la ciudad donde se habían refugiado los reyes, la sitiaron a una distancia de dos tiros de ballesta. Esta ciudad era muy grande y estaba muy bien amurallada y con un foso a su alrededor y también estaba bien provista de víveres y caballería. Cuando todo el campo estuvo alojado, Tirante hizo venir al rey Escariano, al señor de Agramunt, al marqués de Lizana, al vizconde de Branches y a muchos otros caballeros a su tienda y decidieron enviar un embajador a los reyes que estaban encerrados en la ciudad. Como embajador fue elegido un español, natural de la ciudad de Orihuela, que se llamaba monseñor Rocafuerte, que había sido tomado en una galeota por los moros de Orán y puesto en libertad por Tirante. Este caballero era muy sabio e ingenioso porque había sido corsario durante mucho tiempo. Le dieron instrucciones y le dijeron que observase a la gente que había en la ciudad y cómo se habían organizado. Una vez terminado el consejo, el embajador se dirigió a la ciudad muy bien acompañado y bien ataviado y, después de haber pedido un salvoconducto, entró y se dirigió al castillo para visitar al rey de Fez, al rey Menador de Persia y al rey de Tremicén. Este último era sobrino del anterior y había sido elegido después de que el rey Escariano lo hubiese matado. Cuando el embajador se encontró delante de los reyes, sin saludar ni hacerles ninguna reverencia, les dijo: