Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

Explore "Lucio Tréllez" by José Ortega Munilla on Textopian. Read with annotations and highlights.

Cuando Lucio y su prima salieron a la calle, acababan de sonar las nueve en todas las torres de las madrileñas iglesias. Aún las oyeron ellos en los relojes atrasados, al atravesar por delante de alguna de las muchas tiendas, que en tales barrios ocupan los pisos bajos de todos los edificios. Estaban las calles atestadas de gente. Las casas habían vertido su contenido en el arroyo, y allí se refrescaban sentados en bancos, sillas, o en el mismo suelo, los vecinos pobres, cuál en mangas de chaleco, cuál con blusa, cuál desgolletado y sin otro aliño de traje que la remangada tela de la camisa, dejando al descubierto los brazos y el pecho fuertes y peludos. Legiones de muchachos bullían y alborotaban jugando al toro con una banasta, en que habían clavado la formidable testuz de uno de esos héroes irracionales, que los domingos sucumben en el anfiteatro de la moderna Roma, a quien los pasados siglos nombraron Mantua Carpentanorum.

Unos, con ligeros capotillos hechos de las sayas viejas de sus madres, otros con verdaderos capotes de toreo de percalina y sarga, todos con mil malsonantes vocablos, en los infantiles labios, corrían delante del muchacho, ascendido a la categoría de toro, el cual desempeñaba su difícil papel con la propiedad posible, en medio de una barahúnda espantosa de chillidos. En otras calles era mayor el silencio, y conforme se acercaban a la plaza de Santa Bárbara, este silencio fue poco a poco creciente. Todos los balcones estaban abiertos, y de muchos salía confusamente el elegante teclear de un piano, en que manos crueles descoyuntaban las obras musicales a la moda. En alguna reja baja, de esas que aún recuerdan ¡en pleno siglo XIX! las costumbres galantes del siglo pasado, veíase una figura de hombre, muy arrimado a los hierros, y en lo obscuro de la estancia, una sombra, una cara blanca, la sombra y la cara de una mujer. En las fuentes de vecindad, había gran concurrencia de mozas de cántaro, y largas filas de ventrudos botijones, aguardando vez para que el chorro de agua los llenase; y mientras tanto, un chorro de chistes, groserías, imprecaciones y barbaridades brutales, iba cayendo de todas aquellas bocas, en el gran cacharro de la eterna risa nacional.

Reading navigation