Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Cuando Lucio y Luciana volvieron de paseo, se halló el primero con un urgente recado del señor Ustáriz llamándole a su casa. Ya sabe el lector para qué. Luciana se desnudó las ropas de su humilde gala y se dispuso a ayudar a doña Olegaria, para entrar en el lecho de un modo definitivo. Quiero decir, que como doña Olegaria permaneció echada sobre la cama casi todo el día, por la noche Luciana tenía que desnudarla, arreglar las hundidas ropas y ordenar la alcoba, que estaba revuelta, con, los pocos muebles amontonados, un pañuelo aquí, un par de botas allá, la muleta de la anciana enferma en un lado, el rosario que el sueño arrancó de sus manos en otro, y todo, en suma, trastornado por aquella impertinente infantil movilidad del enfermo crónico. Doña Olegaria padecía tres o cuatro enfermedades que, enredándose unas en otras, la traían de continuo a mal traer. Padecía reuma en las piernas, y cuando estaba húmedo el ambiente, aquella dolencia se exacerbaba. Padecía asma, y cuando subía el termómetro los ahogos de una respiración difícil se apoderaban de ella. Padecía jaqueca, y cuando se nublaba el cielo, o pasaba la tierra de una estación a otra o apretaba el calor o el frío, la cefalalgia hundía sus negras uñas de demonio en aquel cráneo pequeño y deprimido. Su conversación era un tratado de terapéutica. Su voz, un sonido temblón y ronco. Su genio, un amasijo insoportable de irascibilidad, capricho y egoísmo: esta última condición solo alterada cuando de su hijo Lucio se tratase.

Ya estaba dentro de las sábanas y su marido que dormía en la misma alcoba, se aflojaba los tirantes para despojar de los pantalones sus piernas.

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