Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Aquella ventana se abrió sobre el mercado, y en ella viose aparecer a la madrugadora muchacha a tiempo que el hormiguero despertaba. Era una de las plazas mejor surtidas y más abundosas de Madrid; el estómago de un barrio populoso que, partiendo de un amplísimo y elevado caserón de hierro y tablas, extendíase luego por las calles inmediatas, como un charco que se desborda en negros arroyos, irradiando el movimiento, la vida, el rumoroso vocerío de mil bocas que gritan, el mareante ir y venir de las gentes, el traqueteo de los carros, el cántico plañidero de los ciegos y el alarido de los vendedores que anuncian, quejándose, sus mercancías.

A primera vista la confusión que tal mezcla de colores y de ruidos producían era agradable. Aquel desfilar sin fin, aquel agitado mar, cuyas orillas eran las paredes de las casas, aquel hervidero de que salía un vaho de palabras, un borboteo de voces, una como aureola de ruidos mil, tenía no sé qué hechizo atrayente muy poderoso. Lucianilla, con los brazos puestos en el alféizar de la ventana, sobre la cual reía el sol en los vidrios desiguales y verdes, que por hacer aguas podrían compararse con cristales del mar, helados en un momento de suave oleaje, gustaba de pasar largos ratos contemplando la confusión pintoresca de trajes, personas, voces, gritos y cánticos. Sus ojos hacían una mezcla de tanto matiz diverso, pareciéndole aquel mercado, cuando desde la altísima ventana le miraba, un tapiz vuelto del revés. Luego iban separándose los colores, y volvían a distinguirse entre sí. Después se desprendían las figuras unas de otras como si el aglutinante que las unía se hubiese derretido, y se movían y destacaban, naciendo los individuos de aquel caos confuso de la colectividad. Distinguíase aquí el sombrero ancho y terroso del barrendero, que, con su escoba al hombro, marchaba a tomar posiciones para empezar su diaria matutina lucha contra la suciedad municipal; allá avanzaba una desaforada cesta de paja, detrás de la que apenas si se descubría el cuerpecillo enano del criado que en sus espaldas la soportaba; por en medio, una cabeza con prolija rizadura escarolada, relumbrantes pendientes y pañuelo de seda de color muy vivo, cruzaba despacio, agitándose, con un contoneo muy pausado y cadencioso como caballo de paseo regio. Era aquí delectación de miradas gastronómicas, este abierto canal de un cerdo que mostraba francamente las llagas de su alma en el pringoso y blanco tocino; y junto a él alzábase en rimero de oro un montón de naranjas a las cuales cubría el desnivelado sombrajo hecho de un toldo de carro sobre una cruz de canas. En pila, ni más ni menos, que como el día de las bodas de Camacho, el pan rubio, que exhala el aroma del horno, excita los instintos socialistas del pobre a la puerta de la tahona; y a su lado, el brazo, cubierto con manguito de sarga, de un mozo grosero y robusto, esgrime el cuchillo sobre una pieza de vaca, sacándole sones de herrería al chocar del filo con el hueso.

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