Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Cuando un suceso inesperado, grande, monstruoso y preñado de horrores, descarga sobre nosotros la diosa voluble de la suerte, una atonía, especie de síncope del alma, detiene y paraliza las funciones naturales del juicio.

Eso acaeció a Rosario, después de leer aquella carta. Vio dentro de ella tal dosis de enorme injusticia, tanta maldad, tanto olvido de los sentimientos generosos que dignifican al hombre, que su primer impulso fue de desprecio a su autor. Pero luego reparó en que el autor era su hermano, y la naturaleza se obstinó en templar la iracundia de aquel juicio, y buscó mil formulillas para conciliar sus deberes y sus deseos, la dignidad de Anatolio con el contenido miserable de su epístola. Sin pensar en que la carta se hallaba sobre el bastidor, reanudó la delicada faena de sus manos, con el alma a doscientas leguas del mundo. Jamás estuvieron tan separados un cuerpo y un espíritu. Mientras el cuerpo de Rosario yacía en una butaca de su gabinete, su alma volaba con alas de dolor por un país luctuoso y fúnebre, en cuyas fronteras, como en las del infierno de Dante, podía haberse escrito el conminatorio epígrafe de la desesperación. ¡Ilusiones doradas, profecías de dicha, esperanzas de felicidad! Muertas todas como mariposas abrasadas, sus cadáveres cubrían la tierra que ayer pobló el amor de flores.

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