Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Cuando fue de noche en aquella estancia, era ya noche cerrada y obscura hacía mucho tiempo en el alma sin par de Rosario. Lucio se fue a las siete, lleno de inquietud, porque las negativas que opuso la señorita de Ustáriz a sus deseos de conocer la desgracia que les amenazaba, hiciéronle temblar -a él, que no solía temblar por pequeñeces- imaginándose cosas horribles. Fuese, no por gusto, sino porque hubiese causado extrañeza su permanencia en aquella habitación, y se llevó dentro del alma un fermento de dolor inexplicable, ciego, pero feroz y devorante. Don Adrián no comía aquella noche en casa, sino en la de Arolas, donde un deber político le llevaba a cierta reunión en que de sobremesa, entre el humo de los cigarros habanos y los vapores del Champaña, había de arreglarse un asunto de interés nacional. Rosario no quiso comer; Clotilde, su doncella, entró una luz en el cuarto de la señorita, y al retirarse no pudo contener un gesto de sorpresa, motivado por la sombría expresión del rostro de Rosario.

Ésta dejó la labor y se sentó cerca de una mesilla, donde había recado de escribir, un tintero hecho de una concha nautilus y una salvadera de bronce, en cuyo borde, una rana de cristal, armada de un disforme sable, atravesaba a una mariposa de hueso.

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