Viñetas del sardinero by José Ortega Munilla

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Solares.- La Cavada.- Liérganes.- Pamanes

Perdemos de vista a Santander. Allá queda en la brama la línea de casas suntuosas del muelle, sobre cuyas fachadas se cruzan, formando red de palos y cuerdas, los mástiles y jarcias de los navíos. Vamos en la cubierta del Corconera, un vaporcito de hélice que taja la mar con bravura. La línea de árboles del paseo do la Alta encierra a lo lejos la plaza en un cordón extensísimo. Parecen gigantescos y esquivos guardianes que, apoyados en el arma, velan sin cesar. Una nube gris se enreda en estos árboles; va avanzando hasta encapotar todo el horizonte urbano; el vapor vira. y penetramos en un brazo de mar que escarba en las orillas con sus dedos de espuma. Prados verdes bajan a buscar el agua salada; hay chopos sumergidos que agitan su cabeza sobre las olas como un nadador desesperado; pinazas tejidas de rojo por el mineral de hierro que transportan, ostentan en sus tablas manchones sangrientos como reliquia de cruenta batalla; un aéreo puentecillo flotante nos ofrece su escalinata. ¡Arriba! ¡Tierra firme! A esto lo llaman los geógrafos el Astillero. Lindas casitas blancas que sonríen entre árboles; una iglesia de no mala traza arquitectónica; mucha gente; muchos carruajes; señoritas vestidas de blanco y con sombrillas azules; pasiegos abrumados bajo el peso del cuévano -ese domicilio ambulante-; gentes de todas especies, provistas de paraguas. ¡Sabia precaución! Aquí el agua está eternamente suspendida en la atmósfera y amaga caer de continuo. ¡Ya cae! Su barniz cristalino limpia los helechos del camino, lava el monte de Cabarga, raya el horizonte de mil líneas grises, entre las cuales se adivina la silueta del demonio de la turbonada, un demonio cuya misión se reduce a dejar a la humanidad calada hasta los huesos.

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