Explore "Viñetas del sardinero" by José Ortega Munilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Yo no entiendo una palabra de marina. El mar me parece hermoso, pero me detiene con el espectáculo de su majestad, diciéndome en el ignoto vocabulario de sus olas: «¡Soy inviolable!». He aquí por qué algunas veces he recorrido el muelle de Maliaño de Santander al lado de un viejo marino, empeñado en ponerme al corriente de los nombres con que en el mar cada cosa es conocida, y nunca he conseguido aprender la diferencia que media entre el bergantín y la goleta, ni saber si el bauprés va cerca del mascarón de proa, o si la escandalosa es una mujer o una vela. Pero esta vez me encuentro seguro de que el García era un quechemarín, un barco pobre, con solos dos palos, ennegrecidos y escuetos, con un casco sucio de polvo de carbón y de todas las inmundicias de los muelles, con velas de lona tan repugnantes y hediondas, que parecían los pañales de la miseria colgados en la verga del desprecio. ¡Pobre quechemarín García! ¡Pobre barco, que representas en el mar la pobreza! Cuando aprovechando la subida de la marea alta, desenredas los cables que te aprisionan al muelle de Maliaño y arrancas del puerto triste y perezosamente, me pareces un mendigo del mar que vas a pedir una limosna de aire al padre Eolo y una limosna de piedad al implacable dios de las tempestades! ¡Pobre quechemarín García!
Fue ayer tarde cuando pisé la cubierta del quechemarín. Un olor fétido y asfixiante subía de la sentina. Había allí un cargamento de bacalao podrido y barriles de escabeche infecto. El capitán del quechemarín García estaba sentado en la cubierta, mirando con tristeza el agua negruzca que se movía en derredor del barco.