Viñetas del sardinero by José Ortega Munilla

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Portada

Dos columnas salomónicas subían dando vueltas con sus cuerpos dorados hasta encontrar el arquitrabe de que caían guirnaldas de flores, sostenidas por parejas de faunos de hendida pezuña y corcovado lomo, y en el centro de este pórtico, sobre un tabladillo, hablaba a las gentes Guignol, el viejo desvergonzado, el novísimo Sileno a quien el vicio remoza y el placer fortalece. Sus ojos, hechos de dos cuentas de vidrio, colgaban sobre las mejillas pendientes de los mal disimulados hilos, saliéndosele del cráneo como sucede con los ojos de las langostas. Sus labios hundidos ajustábanse a una flautilla industriada de una caña de centeno, y su son era el de una pipiritaña ronca. Con la mano derecha sacudía un palo sobre una vieja caja de la Guardia civil, y de la unión del chirrido de la caña y el tañido tamborilesco, resultaba una musiquilla loca, epigramática, burlona, algo como una quadrille de Offembach, ejecutada por una orquesta de monos y cotorras. Habían crecido sus dos jorobas y su corva nariz. Estaba más feo, más repugnante, pero más alegre y chistoso, y cuando callaba la música, su trabada y ceceosa lengua de loro prometía un Carnaval dichoso, enloquecedor, animado, abundante en aventuras, en el cual la humanidad corriese, y febrilmente se agitara como una pluma de avión en el remolino de un río.

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