Alma vasca by José María Salaverría — Read

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La primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas. Ese viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este capítulo, puesto que es «mi viento».

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