Amalia by José Mármol — Read

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Por la primera vez de su vida, Daniel sintió cierta timidez en su espíritu, cierto no sé qué de desconfianza en sí mismo al ver entrar a la sala del señor Martigny aquellos dos personajes cuyos nombres figuraban, uno en todos los grandes acontecimientos ocurridos en la República desde 1821 hasta 1829, y el otro en los sucesos tan serios de la actualidad; el uno como hombre de Estado, el otro como literato; el uno, encarnación viva del partido unitario; el otro, término medio entre el partido unitario y la nueva generación, que ni era federal ni unitaria, y a que Daniel pertenecía por su edad y por sus principios.

La tradición popular, por una parte, que siempre agranda los hombres y las cosas a medida que los años pasan; el espíritu de partido, por otra parte: la desgracia, en fin, que había echado por tierra y combatido tantos años ese orgulloso partido creado en el gobierno de Las Heras, organizado en la presidencia; ilustrado y altivo en el Congreso, y derrotado, sin ser vencido, entre los escombros del templo constitucional que él supo levantar, pero no sostener; todo esto contribuía a que los nombres célebres de ese partido circulasen entre la juventud a que pertenecía Daniel, con una superabundancia de exageraciones que hacía reír a los federales viejos, y que hería la imaginación de los jóvenes, siempre dispuestos a creer las epopeyas y las historias del pueblo desde que ellas glorifican a la patria, y heroifican a los que murieron por ella en el cadalso y en las batallas, o sufrieron la desgracia santa de la proscripción, que todo hombre envidia como una gloria, en la edad en que toda desgracia es una corona de poesía para el hombre.

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