El diablo en México by Juan Díaz Covarrubias

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Aquellos de mis lectores que no han tenido la fortuna de visitar la hermosa capital de la República, y a quienes mi novela caiga en las manos, en el rincón de una aldea o una hacienda, creerán al leer el encabezamiento de este capítulo, que se trata de una de esas solemnes misas, que preceden, acompañan o siguen a una grave ceremonia. No es así precisamente, y mis lectores de la capital, que ya saben poco más o menos de lo que se trata, me permitirán que haga a los primeros una ligera explicación. Hacia la parte sur de la suntuosa catedral, hay un altar llamado vulgarmente del Perdón, a causa de no sé cuántas indulgencias, concedidas no sé por qué arzobispo, a los devotos que oyeren la misa en él celebrada. De aquí resulta, que como en México el número de devotos es considerable, y como además es el altar en que generalmente se celebra el santo sacrificio, refluye allí constantemente la multitud, principalmente los domingos y días festivos, en que las misas se suceden sin interrupción cada media hora, desde las siete de la mañana, hasta las doce del día. En efecto, en los tales días una elegante concurrencia llena y obstruye aquella parte del templo casi vacía por los demás. De manera, que reasumiendo, podemos hacer una clasificación de los asistentes, según la hora en que concurren. De siete a ocho, ancianos de capa, beatas y verdaderos devotos; éstos van generalmente en ayunas. De ocho a nueve, comerciantes, abogados viejos, tenderos ricos. De nueve a diez, padres de familia acompañados de su numerosa prole. De diez a once y media -ésta es la hora exclusiva de los enamorados de ambos sexos, de los admiradores de la divinidad humana, de los elegantes, de los que desean no oír o ver la misa, sino hacerse ver. En esta hora suele además encontrarse una que otra beata rezagada, una que otra de esas viejas regañonas que se hacen dueñas del templo y que tienen la pacífica costumbre de distribuir pellizcos sobre las partes más carnosas del cuerpo, consiguiendo de esta manera abrirse paso entre la multitud, y colocarse en el sitio mejor. La misa de doce está reservada para los flojos, y para los que se les ha hecho tarde. Finalmente, los que tienen la saludable costumbre de levantarse a las doce, y tomar el desayuno en la cama, tienen el recurso de la misa de doce y cuarto en el Sagrario.

El altar del Perdón es un talismán de recuerdos gratos, es una página de la amorosa historia de muchos corazones. En efecto, casi todos los jóvenes esperan con ansia toda la semana, la llegada del domingo, porque es seguro que la joven más recatada, y que menos se deje ver, asistirá en tal día a la misa del Perdón. ¡Oh! y allí hay una buena media hora para las miradas, los suspiros, y qué sé yo cuántas cosas más de esas que constituyen la vida de los corazones enamorados.

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