Explore "El diablo en México" by Juan Díaz Covarrubias on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la noche del domingo en que tuvieron lugar las escenas referidas, se representaba en el teatro de Iturbide, entonces recién abierto, y por lo mismo en moda, un drama de Pantaleón Tovar, acaso el mejor de todos, intitulado: Una deshonra sublime. Al dar la campanada de las ocho se abrió una puertecilla de uno de los palcos del primer piso dando paso a las personas siguientes: primero a una joven de dieciocho años, no hermosa sino bonita simplemente, gracias a unos lindos ojos negros, a un par de cejas graciosamente arqueadas, a una barba con un hoyito, a un cutis terso, aunque algo moreno, y a unas mejillas frescas, rozagantes, encendidas con los vivos colores de la salud, del contento, de la satisfacción. Era alta y bien formada, la cintura no era muy delgada, pero en cambio los brazos y los hombros eran perfectamente torneados y redondos, el seno levantado, palpitante, etcétera. Iba vestida con un túnico amarillo muy chillante, y mal velaba lo que la vista hubiera querido penetrar mejor, un chal de crespón encarnado muy subido: deslumbraba, además, con la cantidad de piedras preciosas que creía tal vez la adornaban. En efecto, llevaba aretes de brillantes, y en los diez dedos de las manos ocho anillos encima de los guantes; rodeaban sus bonitos brazos unas pulseras de oro con broches de diamantes, y su garganta un collar no menos valioso. Detrás de ella apareció una matrona ridícula, aunque lujosamente vestida, y que a leguas revelaba ser madre de la joven. Luego aparecieron dos muchachos de ocho a diez años, que en vez de llevar esos trajes graciosos que tanto sientan a los niños, iban vestidos con levita, chaleco, corbata encarnada, como si tuvieran diez años más. Tenían un parecido notable con la joven y en el momento se conocía que eran sus hermanos. Por último se presentó el cabeza de aquella familia que era un hombre de sesenta años, bajo de cuerpo, rechoncho, de fisonomía alegre y vulgar. Iba encerrado en una levita verde de paño, un chaleco amarillo y unos enormes cuellos que rodeaba una corbata de color azul celeste. Nadie al verlo hubiera desconocido al tendero rico o comerciante en abarrotes.
El teatro estaba todavía casi vacío, dos o tres familias comenzaban a instalarse en los palcos, y algunos grupos de jóvenes platicaban y fumaban cerca de las puertas de entrada del salón.