Gil Gómez el insurgente by Juan Díaz Covarrubias

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Dejemos a Gil Gómez corriendo detrás de Fernando acercándose ambos al Estado de Guanajuato, y tendamos una mirada al Estado de la Nueva España en la época de nuestra narración, que como el lector recuerda muy bien, es en los primeros días de septiembre de 1810. No podemos menos para trazar este cuadro, de repetir lo que otra vez hemos dicho en una tribuna popular.

Era el año de 1810: habían transcurrido tres siglos desde que Anáhuac, la perla más preciosa del mar de Colón, había ido a adornar el florón de la corona de Castilla. Ruinas, ¡ay!, ruinas morales quedaban de la nacionalidad de los aztecas; ya no la alegría de la libertad, sino el silencio de la esclavitud, ¡triste y espantador silencio sólo interrumpido de cuando en cuando por el sofocado gemido de la pesadumbre del esclavo! La diferencia inmensa de riquezas, estableciendo una diferencia espantosa de clases, el español acumulando inmensos tesoros; el mexicano empapando con el sudor de su frente y lágrimas de sangre de sus ojos su profanada tierra, la tierra de sus padres, y con el sentimiento de un pasado de libertad y un porvenir de servilismo, llorando; pero con ese llanto del hombre esclavo que ahoga sus sollozos y sus suspiros, que cubre la desesperación de su vergüenza con el manto engañoso de la conformidad; la hipocresía llevando su aliento de veneno hasta el rincón más apartado del hogar doméstico; ahogando todos los sentimientos espontáneos del corazón, y marchitando en flor las esperanzas más tiernas de la vida. El sacerdote indigno, órgano de los virreyes, apoderándose de los secretos de las familias, especulando con su llanto, dominando con el poder de la conciencia, enseñando por credo una obediencia ciega al virrey; los privilegios y concesiones para el español bien nacido, el tributo y la extorsión para el indio, la inquisición con sus sombras, sus venganzas y sus martirios; los fueros de una nobleza que no era nobleza. Una nación inerme, sin comercio; una nación que no progresa, porque aún no comprende ni anhela comprender el espíritu civilizador del siglo, una nación asida y arraigada a los ridículos fueros del siglo XV y a las viejas preocupaciones del XVIII; una gran nación, en fin, que parece un gran convento.

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