Gil Gómez el insurgente by Juan Díaz Covarrubias

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Si el lector recuerda lo que le hemos dicho acerca del intenso amor que Gil Gómez profesaba a Fernando, le parecerá ciertamente muy inverosímil la manera tan sencilla con que fue alejado al tiempo de la partida del joven teniente, pero esta inverosimilitud cesará para el lector cuando sepa dos cosas: la primera, que Gil Gómez había formado su plan, que consistía en seguir a Fernando, y servir en clase de soldado en la compañía a que éste fuese destinado; y la segunda que había sido encerrado, en el pajar, lo mismo que si fuera un niño de ocho años, encerrado por medio de un ardid ingenioso que consistió en enviarle el hacendado por un objeto y echar la llave por fuera, conociendo que éste era el único medio de impedir un lance desagradable.

Para poner en planta su plan, contaba primero con su amor entrañable a Fernando que le hacía insoportable la vida lejos de él, después con un caballo ciego que le pertenecía exclusivamente y algunos reales que formaban sus ahorros de un año. Por consiguiente, cuando comprendió el ardid de que había sido víctima, primero golpeó la puerta y las paredes, dio gritos espantosos y se desesperó verdaderamente; pero al cabo de un momento permaneció silencioso y se consoló, considerando que de todas maneras le habría sido imposible partir junto con Fernando, porque el hacendado y los criados habrían impedido su fuga, la cual se verificaría a la primera oportunidad, acaso en la misma noche, y lo único que había resultado era una diferencia de horas y por consiguiente de distancia, diferencia que desaparecería con la precipitación en la carrera, o en el último caso, ¿qué importaba llegar a San Miguel el Grande, uno o dos días después de Fernando? Consolado con estas ideas el futuro soldado se tendió primero sobre la paja para descansar, después la naturaleza y la desvelada de la noche anterior, lo dominaron y se durmió profundamente, tan profundamente, que ni sintió que al mediodía abrieron la puerta con precaución, y al verle dormido, dejaron junto a él una comida completa, volviendo a cerrar la maciza y sólida puerta con menor precaución y más ruido.

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