Explore "Gil Gómez el insurgente" by Juan Díaz Covarrubias on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dejemos a Hidalgo marchar sobre Valladolid, después de haber permanecido algunos días en Guanajuato, y trasladémonos a una casa de la suntuosa y sombría calle de las Capuchinas en México.
Serían las cuatro de la tarde cuando un magnífico carruaje, que hacía consistir todo su lujo en un sobrecargo de adornos de plata, según el gusto de la época, se detuvo en el número 5. El lacayo, vestido con una librea de color azul, con galones amarillos, se apresuró a abrir la portezuela, quitándose respetuosamente el sombrero después de haber dado dos fuertes eslabonazos a la maciza puerta que estaba completamente cerrada. Luego que ésta se hubo abierto, se apeó del carruaje un hombre, cuya fisonomía no se podía contemplar, porque la velaba el emboce de una capa española de la época, habló unas palabras en tono imperativo al cochero, que al oírlas dio un latigazo a sus caballos, yéndose a colocar al lado opuesto de la calle, precisamente debajo de las tapias del Convento de las Capuchinas; la puerta de la casa se cerró detrás del desconocido y todo en esa calle, en aquella época y aun hoy tan sombría, volvió a quedar en silencio. El caballero atravesó un oscuro aunque amplio patio encajonado entre cuatro portales, subió una ancha escalera hasta llegar a un extenso corredor, en el cual había formado un jardín, según la profusión de macetones que lo orillaban, cargados de las más exquisitas y hermosas plantas.