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Tan pronto como sonó la campana, Nat saltó del lecho y se endosó satisfechísimo los vestidos que encontró sobre la silla. No era ropa nueva; eran prendas en medio uso, procedentes de otros niños; pero la señora Bhaer guardaba todas aquellas plumas desprendidas para los pajaritos extraviados que acudían al nido de Plumfield. Apenas estuvieron reunidos los muchachos, se presentó Tommy, acompañado de Nat, para tomar el desayuno.
Mientras engullían, los chicos charlaban animadamente, porque el domingo había que discutir el paseo y acordar el plan para la semana. Nat oía y pensaba que el día iba a serle muy agradable, porque gustaba de la quietud y veía, en torno suyo, plácido reposo. A pesar de su infancia de vagabundez, el minúsculo violinista amaba la calma.