Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
La serenidad de ánimo en presencia del peligro fue desde su niñez una de las grandes cualidades de Don Juan de Austria, y no le faltó un punto en aquel momento crítico de su vida. Guardose de comunicar a nadie las zozobras y temores que las razones de Cecco Pizano le inspiraron, y sin perder un segundo comenzó a tomar sus medidas con esa inteligencia y ordenada actividad propia del genio de la guerra, que todo lo abarca y previene al primer golpe de vista y excluye toda confusión al combinar y todo atropello al disponer. Mandó atracar a la real una de aquellas galeras pequeñas de vela y remo que llamaban fragatas y servían para transmitir órdenes con gran ligereza, y embarcose en ella con don Juan de Soto y don Luis de Córdoba para visitar una por una todas las galeras del centro y cuerno derecho; las del izquierdo encomendolas a su lugarteniente, el comendador mayor don Luis de Requeséns.
Dio el señor Don Juan en todas las galeras disposiciones cuya prudencia y previsión pudieron apreciarse más tarde; mandó cortar en todas ellas los altos espolones para asegurar el tiro horizontal del esmeril de proa, y mandó también quitar las cadenas y dar armas y libertad a todos los galeotes condenados al remo por delitos comunes, prometiéndoles el indulto si daban buena cuenta en la pelea. Lloraban aquellos infelices y abrazábanse a los cómitres, que les entregaban las armas, jurando morir, como, en efecto, murieron los más de ellos, por la fe, por el rey y por Don Juan de Austria. Mandaba también en todas las galeras subir sobre cubierta los mejores víveres que se guardaban en la cala y muy razonables zaques de vino para repartirlos entre la chusma, y entonces era cuando se mezclaba entre ella para arengarla y animarla. Iba Don Juan sin armas todavía, con un crucifijo de marfil en la mano, que regaló más tarde a su confesor, fray Miguel Serviá, y se conservó en el convento de Jesús, extramuros de Palma de Mallorca, hasta 1835. Sus pláticas no eran pulidas, ni sus razones intrincadas; decíales tan sólo que peleaban por la fe y que no había cielo para los cobardes. Mas decíalo todo ello con tanta verdad y gracia y salíanle tan de lo hondo sus afirmaciones y promesas, que a todos les entusiasmaba y disponía al heroísmo, como si infiltrara en ellos el temple de su grande alma. Dábales a unos medallas, a otros monedas, a otros escapularios y rosarios, y cuando ya nada tuvo que dar, diole a uno su sombrero y repartió entre otros dos sus guantes. Y como ofreciese un capitán al galeote que lo había recibido cincuenta ducados por uno de aquellos guantes, negose él prontamente y prendiole en su bonetillo como si fuera el más rico plumaje.