Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuenta Antonio Pérez en su famoso Memorial que el secretario Escobedo sirvió muy bien al rey en los principios en el encargo que le diera de moderar los pensamientos ambiciosos de Don Juan de Austria, y que andando el tiempo se echó de ver que no solamente no cumplía con el fin para que se había enviado (a Italia), pero que se le levantaban los pies y el ánimo como a Juan de Soto, y que se metía en trazas de más altas y mayores inconvenientes y en particular se supo que se comenzaron a tener inteligencias en Roma para algún beneficio y grandeca del señor Don Juan sin dar cuenta a su majestad de ellas.
Verdad es ésta mezclada con grandes dosis de mentira, como casi todas las contenidas en tan venenoso escrito. Escobedo no tuvo nunca a Don Juan por un vulgar ambicioso, porque harto se veía que la vulgaridad en todas las esferas era antitética a su heroica naturaleza; pero creyó buenamente, como Antonio Pérez le aseguraba, que, cegado Don Juan por sus ambiciosas miras, andaba mendigando altas protecciones en Roma para llevar a cabo ilusorios proyectos que embarazaban, por lo menos, la política de su hermano, y que era, en resumen, un joven temerario engreído con sus triunfos, a quien se hacía necesario llevar de la mano por las trilladas sendas del buen sentido, para que no le derrumbasen sus mismas grandes cualidades en el abismo de lo osado y lo fantástico. Esto creía Escobedo de Don Juan cuando por primera vez fue a Italia a servirle de secretario; mas al apreciar de cerca la franca amenidad de su trato y la alegre sencillez de su leal carácter, retractó en parte estos juicios, y poco a poco, y a medida que profundizaba el conocimiento de sus cosas y su persona, fuese convencido de que lo que llamaba Antonio Pérez temeridades de Don Juan eran los vigorosos arranques de su genio; lo que llamaba sus planes fantásticos, eran las meditadas combinaciones de dos Pontífices como San Pío V y Gregorio XIII, que fueron los que idearon y apoyaron siempre la conquista de Inglaterra; y las solicitaciones en Roma degradantes para el rey de España eran todo lo contrario de lo que Antonio Pérez aseguraba: eran honrosas ofertas una y otra vez repetidas por los Papas a Don Juan, enamorados del valor y la fortaleza de éste, y convencidos de que aquel Don Juan enviado por Dios estaba llamado a ser una de las más firmes columnas de la Iglesia católica.