Jeromín by Luis Coloma — Read

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En junio de 1571, cuatro años antes de estos sucesos, llegó a Madrid un viejecito italiano, chico, activo y muy nervioso, que dijo llamarse Giulio Benasay y ser comerciante de Génova; apeose en un mesón, junto a la puerta de la Culebra, que estaba en lo que es hoy Puerta Cerrada, y al otro día muy temprano comenzó sus visitas, que de todo fueron menos de comerciante. Visitó a monseñor Ormanetto, nuncio del Papa; al doctor Milio, regente de los Estados de Alba en ausencia del duque; a los secretarios Zayas y Mateo Vázquez, y últimamente visitó también el día 28, cinco días después de su llegada, al señor rey Don Felipe II en su propio alcázar. Esta visita, sin embargo, diferenciose mucho de las otras: hízola de noche y a hurtadillas y ya en el alcázar no se llamaba Giulio Benasay, ni era de Génova, ni tampoco comerciante. Llamábase Roberto Ridolfi, era banquero avecindado en Londres y agente secreto en aquel país de herejes de Su Santidad Pío V. Ridolfi entregó en propia mano a Felipe II tres cartas, que todas, en sustancia, decían lo mismo; suplicábasele en ellas que otorgase a Ridolfi la más entera confianza y tomase a pechos el encargo que había de exponerle, concediendo los recursos con que juzgase prudente favorecer el proyecto. Estas cartas eran nada menos que de San Pío V una, de la reina de Escocia, María Estuardo, prisionera en Inglaterra, otra, y del duque de Norfolk la tercera.

El proyecto era éste: tratábase de prender por un golpe de mano a la reina hereje Isabel de Inglaterra y a los señores de su Consejo y encerrarlos en la torre de Londres; casar a la reina legítima María Estuardo con el duque de Norfolk y restablecer al punto el catolicismo en los dos reinos de Escocia e Inglaterra. Pedían para ello el auxilio de Felipe II, y contaban ya con el apoyo de los más poderosos señores de Inglaterra y el de los partidarios de María de Escocia, que se levantaban a la sazón numerosos y pujantes. El Papa había ya preparado el terreno fulminando contra Isabel su terrible bula, declarándola hereje contumaz y fautora de herejes, deponiéndola del trono de Inglaterra y absolviendo a sus vasallos del juramento de fidelidad y obediencia. Prometía además contribuir a los gastos de esta empresa con todos los recursos de que pudiera disponer la Santa Sede.

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