Jeromín by Luis Coloma — Read

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En medio de estas luchas y ansiedades, que habían hecho experimentar a Don Juan lo que nunca hasta entonces sufriera, humillaciones y desprecios, tuvo una satisfacción que debió ser inmensa, pero que muchas y variadas circunstancias amargaronla de conocer a su madre y abrazarla por primera y última vez en la vida. No bien llegó Don Juan a Luxemburgo, escribió a esta señora a Gante, donde a la sazón se hallaba, invitándola a venir a verle, puesto que él no podía visitarla por entonces, según debiera; y como la fría insustancialidad de Bárbara Blombergh no contestase a esta carta ni tampoco viniera, enviole Don Juan un segundo mensaje, acompañado esta vez de todo el aparejo necesario para que con comodidad y decoro hiciera el viaje. Llegó Bárbara Blombergh, y conociéronse la madre y el hijo; no sabemos el efecto que causaría en ella la presencia de este hijo tan brillante y tan glorioso que hasta entonces sólo indiferencia le inspirara; en cuanto a él, fuera aparte del respeto y el amor natural debido al nombre de madre, hízole la suya desagradable efecto, quizá por haberse forjado el ideal de la madre y la viuda sobre los moldes a la vez austeros y elegantes de la señoril doña Magdalena de Ulloa.

Contaba entonces Bárbara Blombergh más de cincuenta años, y conservaba los restos de una gran hermosura, que ella pretendía realzar aún con afeites y galas impropias de su edad y de su estado; carecía, sin embargo, de aquella distinción y majestad nativas que caracterizaban entonces, más que ahora, a las señoras de noble alcurnia; porque la educación que afina y pulimenta y nivela en cierto modo las clases era en aquella época exclusiva de las damas de alto rango. No pertenecía, ciertamente, la Blombergh a esta privilegiada clase, aunque para realzar la prosapia materna de Don Juan, varios historiadores lo aseguran; era, sencillamente, una burguesa de Ratisbona, hija de un ciudadano de mediana hacienda. A los tres años de nacido don Juan, casose con Jerónimo Kegel, que no era tampoco un noble caballero, sino un pobre hère, como le llamaba Gachard, que por un modesto empleo en la corte de la reina Doña María, regente entonces de Flandes, comprometiose a darla su nombre y encubrir su deshonra.

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