Jeromín by Luis Coloma — Read

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Con el corazón henchido de vergüenza y desaliento firmó al fin Don Juan de Austria la paz de Gante con el nombre de Edicto perpetuo el 14 de febrero de 1577. Avergonzábale porque humillante era para España y para su rey y también para él, que le representaba, ceder a las exigencias insolentes y groseras de aquella turba de rebeldes y herejes disimulados; y le desalentaba, porque al firmar aquel papel destruía de una sola plumada, con muy dudoso provecho, la brillante esperanza de la jornada de Inglaterra, su dorado y caballeresco ensueño.

Era, en efecto, en aquellos momentos la clave de toda aquella empresa la salida de los tercios españoles de Flandes, porque con el pretexto de embarcarlos para España, podía Don Juan irlos acercando a las costas de Holanda, y lanzarlos desde allí sobre Inglaterra, donde todo estaba preparado para recibirlos y ayudarlos. Mas temeroso el príncipe de Orange de que aquellos temidos tercios se acercasen a las dos provincias que él tenía como usurpadas, Holanda y Zelanda, opúsose enérgicamente al embarque, y logró que los Estados indicasen a Don Juan con su descomedimiento ordinario, que los tercios no saldrían embarcados por aquella parte del Norte, sino que marcharían por tierra con dirección a Italia. Entablose entonces un violento altercado entre el Consejo de Bruselas y Don Juan de Austria, que estuvo a pique de romper todas las negociaciones hasta entonces hechas, porque Don Juan agotó toda su paciencia y sufrimiento, y el Consejo toda la insolencia con que se proponía cansarle y exasperarle. Mas asustado Felipe II, y temeroso de que se rompiese la paz, que era todo su anhelo, cortó la contienda mandando a Don Juan de Austria que saliesen los tercios por tierra, como los Estados deseaban. Bajó Don Juan entonces la cabeza, y firmó el Edicto perpetuo, sacrificando así con su obediencia la esperanza de un reino, que era a la sazón más que nunca fundada. Porque justamente en aquellos mismos días había llegado a Luxemburgo monseñor Filippo Sega, obispo de Ripa-Tranzone, que enviaba Gregorio XIII a Flandes con el carácter de nuncio cerca de Don Juan de Austria; traía la misión aparente de aconsejar y guiar a éste para que en sus tratos con los herejes no resultase perjuicio alguno para la Iglesia católica; pero venía, en realidad, para entregar a Don Juan las bulas de Gregorio XIII concediéndole la investidura del reino de Inglaterra; para darle 50.000 escudos de oro que el Papa destinaba para ayuda de aquella empresa, y ofrecerle 5.000 infantes bien armados que la Santa Sede aprontaba para lo mismo, y que sólo esperaban un aviso de Don Juan para embarcarse para Inglaterra. Este socorro inesperado del Pontífice, unido a los avisos de los lores ingleses y escoceses de estar ya todo preparado allí y dispuesto, prestaban al resultado de la empresa una seguridad que hacía aún más doloroso y desesperante el tener que renunciar a ella.

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