Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Había tan temerario valor en el hecho de entrarse Don Juan por un país rebelde en su mayor parte, y en no escasa hereje, solo, licenciadas ya sus tropas españolas, y sin más seguridad ni más guardia que la flamenca del duque de Arschot, que el príncipe de Orange y sus secuaces quedáronse admirados, sintiéronse perdidos y comprendieron que nada detendría a Don Juan si no te quitaban la libertad o la vida. Determináronse, pues, a esto, y los numerosos agentes de Orange, ayudados por los de la reina de Inglaterra, derramáronse por todo el país, esparciendo, para preparar el terreno, hábiles calumnias contra Don Juan de Austria que interpretaban aviesamente todos sus actos y tornaban poco a poco odioso su gobierno y su persona misma. Quiso entonces Don Juan, fiel siempre a la política de paz que se le había encomendado, tratar con él a fin de atraerle; enviole a decir con el duque de Arschot que las provincias de Holanda y Zelanda eran las únicas que no habían firmado aún el Edicto perpetuo, y pues que estaban bajo su mando, a él confiaba este cuidado. Quitose entonces el de Orange aquella máscara con que encubría sus ambiciones y perversos designios, tan espesa que le había valido el sobrenombre de Taciturno, y contestó a Arschot que Holanda y Zelanda no firmarían nunca el Edicto perpetuo, porque siendo ambas provincias calvinistas, no podían ni debían comprometerse a conservar la fe romana, y quitándose el sombrero y dejando al descubierto su cabeza calva, dijo, sonriendo, al duque:
-¿Veis esta calva?. Pues sabed que yo no soy más calvo en la cabeza que en el corazón.