Jeromín by Luis Coloma — Read

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Para comprender bien las complicadas razones que movieron a Don Felipe II a dejar a su hermano Don Juan de Austria en tan inmerecido abandono, es necesario deshacer una maraña, entre cuyos intrincados hilos se encuentra la trágica y misteriosa muerte del secretario Juan de Escobedo. Alguna luz esclarece ya tan tenebroso drama, y a su reflejo aparecen varias figuras manchadas de aquella sangre inocente; este siniestro rastro nos llevará a encontrar el hilo de la maraña, dando rodeos, al parecer, extraños, pero que establecen el encadenamiento de ciertos hechos que reflejan por sí solos el carácter de aquellos personajes y el grado de responsabilidad en que incurrieron.

Retrocedamos, pues, al año de 1569, y en una hermosa tarde de junio veremos entrar pausadamente en Pastrana una carreta herméticamente cerrada con toldos, a modo de las que todavía hoy llaman galeras. Despertaba la curiosidad el misterioso vehículo, y rodeábanle infinidad de chiquillos, mujeres y hombres del pueblo, cuando llegó y traspasó los umbrales del palacio ducal de Pastrana, cuyas pesadas puertas se cerraron detrás, dejando fuera a los curiosos. Esperaban en el primer patio el príncipe Ruy Gómez de Silva, la princesa de Éboli, su mujer, con todos sus hijos, aun los más pequeñitos, en brazos éstos de niñeras y nodrizas, y las dueñas, doncellas, pajes y toda clase de servidores, enfilados según su rango. Fijábanse todas las miradas en el cerrado carro con ansiosa curiosidad mezclada de respeto, y empinábanse sobre las puntas de los pies, para ver mejor, los que estaban en segunda fila. Descorriéronse al fin los toldos que cerraban el carro; Ruy Gómez y su mujer adelantáronse respetuosamente, alargaron todos las cabezas en silencio, y una dueña viejísima, que lo había sido de la condesa de Mélito, madre de la princesa, púsose de rodillas y comenzó a golpearse el pecho. Apeábanse tres extrañas figuras de mujer de las que por aquel tiempo no se veían nunca por calles ni plazas; vestían túnica de sayal oscuro, capas blancas de lo mismo y calzaban sus pies desnudos alpargatas de esparto; espesos y largos velos negros las cubrían el rostro y casi todo el cuerpo, y traía bajo la capa, la que se apeó la última, un hatillo, menos que mediano, envuelto en un lienzo.

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