Pequeñeces by Luis Coloma — Read

Explore "Pequeñeces" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.

Amaneció por fin el día 29 de diciembre de 1874, y a las once y cincuenta y seis minutos de la mañana, el ministro de la Guerra, Serrano Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como había de saltar veinticuatro horas más tarde, violentamente también, de la poltrona ministerial… Anunciábale un telegrama del gobernador militar de Sagunto que el general Martínez Campos había proclamado rey de España al príncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabán. Alborotóse el Gobierno, reunióse al punto Consejo extraordinario en el ministerio de la Guerra y tomóse por primera providencia la de echar el guante al señor Cánovas del Castillo y a otros muchos personajes de cuenta, entre los que se contaban el señor Pulido, el joven Telémaco y el respetable Mentor. Encerráronles por de pronto en el Saladero, con la sana intención de enviarles más tarde, una vez sofocada la intentona, a tomar camino de Filipinas los saludables aires de mar. La cortesanía del gobernador de Madrid, señor Moreno Benítez, proporcionóles horas después mejor alojamiento en el Gobierno civil; mas fuese pérfida intriga de los amigos o cruel ensañamiento de los contrarios, es lo cierto que los tres compadres, Jacobo, Butrón y Pulido, quedaron presos en el Saladero, pasando entre temores y sobresaltos todo el día 29 y también el 30, hasta que en la madrugada de este, muy cerca ya del alba, abriéronse ante ellos las puertas de su prisión, para cerrarse ante sus ojos la puerta de sus esperanzas… A las nueve y cuarto de aquella misma noche, hundido para siempre el Gobierno de la Revolución, había quedado investido de todos los poderes el capitán general de Madrid, don Fernando Primo de Rivera, y puestos al punto en libertad los prohombres alfonsinos detenidos en el Gobierno civil, apresurándose a nombrar un ministerio-regencia, del cual formaban parte el Gallego y el Laguna, quedando excluidos, por supuesto, el joven Telémaco y el respetable Mentor.

Quedóse este anonadado, púsose Jacobo furioso, y el señor Pulido, sin fuerzas para enarbolar el dedo indicador, sin alientos para murmurar -¡lo dije!-, enmudeció como Casandra a la vista de Troya destruida y Grecia triunfante. Butrón bufaba, Pulido gemía, Jacobo echaba ajos, y entre peroratas enérgicas, amargos reproches, violentas reclamaciones y planes de campaña propuestos para derrocar aquel Gobierno que les había estafado, pasáronse algunos días, hasta que desembarazado algún tanto el ministerio-regencia con la llegada del joven monarca, pudo al fin dar vuelta a la llave de la despensa, y enarbolando la rama de sustanciosos dátiles, que ha venido a sustituir a la de olivo, antiguo símbolo de la paz, comenzó a distribuir puestos, honores y destinos entre sus diversos paniaguados, tocándole a Butrón una plenipotenciaría de primer orden. Hízose de rogar este cuanto sufría por una parte la prudencia y exigía por otra el decoro, y teniendo en cuenta sin duda que a buena hambre no hay pan duro, que a falta de pan buenas son tortas y que más vale pájaro en mano que buitre volando, marchó al fin resignado y majestuoso a representar en tierra extranjera la persona de Alfonso XII. Hubo también una dirección de segundo orden para el señor Pulido, y ofrecióse a Jacobo otra plenipotenciaría igual a la aceptada por Butrón. Mas el joven Telémaco era hombre capaz en sus rencores de comprender y practicar aquella venganza de los chinos, que consiste en ahorcarse a la puerta de su adversario para atraer sobre él la cólera celeste y el odio de los ciudadanos; lleno, pues, de saña, rechazó con altivez la oferta, y creyendo alcanzar por sus propias fuerzas lo que de grado no le habían querido dar, alistóse de nuevo entre sus antiguos amigos los revolucionarios aún no resellados, que capitaneaba a la sazón el excelentísimo Martínez y prometían formar una oposición formidable el día en que se decidieran a reconocer la monarquía de Alfonso XII. Recibiéronle ellos como a un Hércules bajado del cielo para emprender de nuevo a su lado los doce trabajos sobre la tierra, y en el momento en que le encontramos volviendo de Biarritz al lado de Currita, traía ya lograda, con ayuda de esta fiel amiga, la senaduría vitalicia, altísima tribuna desde donde pretendía escalar, al lado del excelentísimo Martínez, el Olimpo ministerial, una vez efectuada la temida y esperada maniobra que con gran sigilo preparaba el taimado buey Apis.

Reading navigation