El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Cuando se trataba de hacer el mal, don Pedro era infatigable; así es que consumía día y noche, pensando en la manera de desquitarse de Celestina, haciéndola desaparecer por lo menos de México, pues conocía que la probidad con que él aparecía ante el público, lo ponía a cubierto de toda sospecha, y aunque no había ningunas pruebas para condenarlo en juicio, siempre era peligroso que una mujer habladora, pendenciera y de mala educación, fuera la depositaria de un secreto, que por más que hacía no podía adivinar cómo lo había sabido.

No se paraba en medios; y quien lo ha visto perseguir tan tenazmente a Teresa, no dudará un momento que lo que le pareció más cómodo fue que Celestina amaneciera un día asesinada. ¿De qué medios podía valerse para esto?… El asunto era difícil; pero don Pedro conoció que podía emplear con eficacia el veneno de los celos. Con maña hizo sus indagaciones, y con gran placer supo que el temible lancero estaba perdidamente enamorado de Celestina; era, pues, preciso oponerle un rival, y para ello escogió al desgraciado empleadillo hablador, que hemos visto asistir a la tertulia de Aurora, y que, quitando el crédito a todo el mundo, acompañó a Rugiero y a Arturo hasta la puerta del Hotel del Teatro de Vergara. El carácter de este muchacho era que ni mandado hacer para tal aventura; amigo de amoríos, de compromisos, de correrías nocturnas y de lances, consumía las horas de su vida en seguir en la calle a las mujeres bonitas que encontraba; en hacer señas en el teatro a las muchachas que cuotidianamente concurren a él, y en escribir cartitas amorosas por docenas. Su sueldo, que le pagaban con puntualidad, lo gastaba en el Libro Mayor, de Le Roux, comprando papel de cartas, de todas formas y dimensiones, y en las peluquerías de la calle de Plateros, donde hacía gran consumo de esencias, pomadas, guantes y chucherías. Don Pedro conocía a este muchacho, y aun se había empeñado por él en una ocasión, en que otro compañero, igualmente inútil y casquivano, le disputaba el ascenso a escribiente primero, así, muy fácil le fue tenerlo a su disposición. Una tarde mandó poner su coche, y salió a pasear en compañía del joven; cuando llegaron a los Arcos de San Cosme, don Pedro propuso que hiciesen ejercicio a pie, y ambos amigos se bajaron, y enlazados del brazo, comenzaron a caminar despacio, mirando las casas de uno y otro lado, fijando su atención en los más pequeños incidentes, y respirando, al parecer, con alegría, el oxígeno impregnado de olores que venía de las huertas.

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