El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Mientras que el elegante y afortunado don Francisco va en camino, pensando recorrer con sus seis mil pesos toda la Europa y el Asia, y recoger laureles amorosos, ya en París, ya en Londres, ya en Atenas, ya en Palestina, sin importarle un ardite sus acreedores, ni la suerte de Aurora, volvamos un momento a nuestros antiguos amigos, a los cuales hemos abandonado desde que partieron del tranquilo curato de Jaumabe.

En un día claro y apacible del fin de Septiembre de 184… en que a falta de los Nortes, que comienzan a anunciar la proximidad del Equinoccio, soplaba un viento terral un poco cálido, entraba por la única calzada que comunica el puerto de Tampico con el interior, una numerosa cabalgada. Al frente de ella iba un joven que vestía una chaqueta de paño azul turquí con cuello y vueltas rojas, y portaba en los hombros dos galones o divisas de capitán de caballería, y a quien seguía a cierta distancia un lancero, de torva e imponente fisonomía y erizado bigote negro: de su cintura pendía un sable corvo, y montaba un caballo tordillo-quemado, con pequeñas orejas, cañas delgadas y abundante crin y cola. Detrás iban otros dos jóvenes vestidos al estilo con Tamaulipas, es decir, con unas calzoneras anchas o mitazas de gamuza amarilla, una cotona de lo mismo con agujetas y pequeñas águilas de plata en la espalda y botonadura, y un sombrero jarano. Como se deja suponer, y es costumbre en los caminos de México, no faltaba a nuestros viajeros un par de pistolas en el cinto, una espada debajo de la pierna izquierda y un lazo atado en los tientos. Detrás venían seis mozos, vestidos poco más o menos lo mismo que los amos y montados en los grandes y buenos potros que producen en abundancia los criaderos de Tamaulipas. Todavía más lejos y envueltos en una nube de polvo, seguían a los amos tres arrieros con las mulas que cargaban el equipaje. Toda esta comitiva entró en la ciudad e hizo alto un momento en la plaza, entre tanto que el capitán Manuel, Arturo y el padre Anastasio, a quienes habrá reconocido el lector, y que eran los tres viajeros de que hemos hablado, consultaban entre sí dónde se alojarían.

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