Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al tocar las campanas de la capilla la plegaría de las ocho, nuestros personajes fueron reuniéndose en el comedor de la hacienda: en una pieza de veinte varas de largo, con una mesa tosca de cedro en el centro, y en cada rincón un enorme escaparate, que llamaban esquinero, lleno de los trastes más caprichosos y singulares de China, que hoy ocuparían un lugar muy distinguido en un castillo de algún lord inglés. La cena estaba puesta: sobre un limpio mantel blanco se ostentaban los platos, las pescaderas, los vasos, los candeleros; todo de plata maciza, limpia y reluciente.
-Decididamente -dijo Arturo, entrando con un semblante en el cual estaba pintado el regocijo-, voy a pedir a Teresa que me haga mayordomo o administrador de la hacienda, en vez de ese animal de mal gesto, que tuvo la barbaridad de desconocer a su ama; y ¡qué ama! la más linda y la más amable de cuantas pueda haber en los contornos. Supongo que no te encelarás, Manuel, de que haga de Teresa los elogios que merece.