Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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Resuelto ya Evaristo a adoptar un género extraño de vida, no perdió el tiempo en su excursión, que prolongó hasta Tulancingo y Chalina. Examinó los caminos, los ranchos, los pueblos, las haciendas, las veredas, vericuetos y cuantas cosas en un día u otro podrían serle útiles; indagó sagazmente quiénes eran los personajes principales de los pueblos; en qué época acostumbraban los propietarios visitar sus fincas; si caminaban solos o con mozos de escolta; cuáles eran los mesones más solos o los más concurridos; qué comunicación tenían las montañas y los bosques unos con otros, o si sólo había veredas de ganado. Satisfecho de sus averiguaciones regresó cautelosamente a su rancho de los Coyotes, y cerciorado por Hilario de que no había ocurrido ninguna novedad y de que no se había presentado alma viviente, se instaló de nuevo y pasó días y días cavilando en sus planes y en la manera de desarrollarlos, sin perder la esperanza de arrebatar a Cecilia y llevarla al corazón de la montaña, para lo que comenzó él mismo a construir un jacal en el lugar más oculto e intrincado de la sierra que, en caso apurado, le pudiese servir de refugio. Concluido este trabajo, se decidió a poner en planta sus planes. Comenzó por establecer en los linderos del monte de Río Frío un corte de carbón, y como ya no había necesidad de labores en el campo, dedicó toda la cuadrilla a este trabajo, que le fue muy productivo, pues en pocas semanas reunió una existencia considerable de pacas que se proponía vender en el tiempo de las aguas, en que sube considerablemente el precio; pero no era más que el pretexto y no el negocio principal.

Ya habla tanteado a Hilario. Lo habla encontrado sagaz, ladino, ambicioso, atrevido, en una palabra: ladrón, con todas las cualidades necesarias para serlo; y en efecto, ese Hilario había hecho sus expediciones, por aquí y por allá, sirviéndose de la cuadrilla ambulante que mandaba, compuesta de individuos perfectamente estúpidos, reservados y enteramente sujetos a su voluntad; pero no queriéndose dar a conocer, porque no pensaba que su nuevo amo Evaristo se inclinase por ese lado. La aventura del ranchero del Mezquital, que se encontró muerto en el monte, rompió el hielo.

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