Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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-Don Remigio, usted no es hombre, ni cristiano ni de buen corazón, ni honrado ni bien educado, ni agradecido ni amigo de la casa donde ha servido tantos años, ni su alma fría se conduele de las desgracias ajenas, ni mucho menos de las mías. ¿Cómo es posible que haya tenido esta carta un mes entero sin dármela? ¿No ve usted que día por día me voy consumiendo de tristeza, que estoy ya en la tierra como una sombra? Mire usted mis ojos, que usted mismo ha dicho que eran hermosos, cómo han perdido su expresión y su brillo, y no tienen ya ni una lágrima para llorar mi desventura. Cerca de un año sin saber de Juan. Secuestrada en esta hacienda, pensando en mi hijo y en el que llamo y llamaré mi marido; una carta de él me vuelve la esperanza, me hace entrar de nuevo en la vida, me da valor para sufrir, me sirve como de una medicina para aliviar esta enfermedad que con razón no ha podido conocer el médico de México que mi padre mandó traer. Sus drogas amargas las he arrojado, y las que mi padre me ha hecho beber a fuerza, no han hecho sino ponerme peor. ¿Y usted, don Remigio, ha tenido guardada un mes entero esta carta y ha visto impasible mi inquietud y mis tormentos?

Agustina no habría hecho eso. Agustina hubiese expuesto hasta su vida, pero no me habría visto padecer fríamente como usted. Vaya, don Remigio, jamás lo hubiera creído.

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