Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Apenas había salido Evaristo del zaguán, cuando Cecilia conoció la falta tan grande que había cometido al estrecharle la mano como si fuese su amigo viejo o su amante; pero, sobre todo, en haber consentido en recibir las alhajas. Los relicarios y anillos oxidados, las perlas ensartadas en hebras de pita y con lazos de listón mugrientos, el conjunto todo oliendo a seno sudoso de mujer, le parecían evidentemente robadas; y se figuraba que los envoltorios de trapo negro que las contenían estaban ardiendo y le quemaban las manos; pero no había remedio, había cometido una debilidad de que se arrepentía. Y el recurso de salir y llamar a Evaristo era peor, pues de seguro se figuraría que ella lo buscaba de nuevo, y quién sabe a qué clase de libertades se podía entregar.
Ya hemos visto en los capítulos anteriores cómo esta debilidad de Cecilia salvó la vida y otras cosas más a las reinas del canto italiano, y sobre todo el honor de México, comprometido ante los extranjeros; pero ella, que ignoraba tan grandes cosas, tenía el títere pegado en la cabeza y no sabía qué hacer con aquellas prendas que, un día u otro, le podrían ocasionar un mal. ¿Contarle el caso a Lamparilla? Ni por pienso.