Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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Don Pedro Martín de Olañeta fue conducido por el jefe de la prisión al separo donde estaban los dos supuestos cómplices de Evaristo. Era una pieza inmunda, con una luz dudosa que le venía por un tragaluz de vidrios verdosos, tan llenos de polvo que, como si fuesen una gruesa nube, interrumpían su camino al sol. Olores de cuanto tiene de desagradable y de sobrante la naturaleza humana, mezclados con humedad y humo, que sin duda venía de alguna cocina, hicieron que el viejo abogado pasase su paliacate de los ojos a la nariz. En un rincón, sobre una tarima, había acostada una figura siniestra, y otra en el otro, sentada en una silla, ya negra de grasa. Eran los dos condenados a muerte, a quienes se condujo allí mientras se les notificaba su sentencia y entraban en capilla.

Don Pedro Martín pidió una luz, porque, entrando de la claridad al patio, no veía más que sombras y borrones. Con la débil y amarillosa llamita de una vela de sebo, que no tardó en traer uno de los presos de confianza que servía de mozo, pudo observar el calabozo y los que lo habitaban.

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