Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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No hay dicha completa en este mundo: nada es más cierto. Doña Pascuala, que debió haber sido la mujer más feliz al dar a luz, después de tantos años y fatigas y con peligro de su vida, a un hijo sano, robusto y para ella hermoso, era, sin embargo, la madre más infortunada de toda la comarca. Por el lado de la justicia se consideraba segura, pues no ignoraba que los indios saben guardar un secreto, y que Cuauhtémoc se dejó quemar las plantas de los pies antes que revelar el lugar donde había ocultado el tesoro; pero casi todas las noches turbaban su sueño horrorosas pesadillas: unas veces veía a su hijo arrebatado por la bruja, dando lastimeros gemidos y tratando de huir de ella y de entrar por la puerta del convento de capuchinas; y otras en lo alto de un montón de basura, rodeado de perros feroces que, aullando y ladrando, se disputaban sus delicados miembros; sobre todo en el momento que apagaba la luz y trataba de dormir, se encontraba con los ojos, encarnados y redondos de Matiana, que la miraba fijamente, y escuchaba su voz como un rechinido que le decía: Le tuve lástima, no le maté, pero lo tiré en la viña.

La justicia de la tierra no habría castigado tan severamente el crimen que le hizo cometer el miedo y la superstición. Las dos herbolarias no lo pasaban mejor. Se les figuraba que todo el mundo sabía lo que habían hecho, y que de un momento a otro serían llevadas a la cárcel y ahorcadas en la Plazuela de Mixcalco. Matiana, en vez de buscar arrieros enfermos en los mesones de Santa Ana, se iba muy de madrugada a los barrancos y a los cerros y no volvía sino ya entrada la noche; y Jipila, aunque más tranquila en su conciencia, pues realmente ninguna parte había tenido en el crimen, desapareció durante algunas semanas de la esquina de Santa Clara. Don Espiridión sí estaba contentísimo, no sólo por tener un heredero, sino por haber acertado, librando a su mujer de la muerte, obligándola a que la curasen las brujas; y Moctezuma III en sus glorias, pues en vez de dar la lección y hacer palotes, cargaba al muchacho, tiraba del mecate de la cuna y le cantaba rorros. El más aprovechado de todos fue nuestro amigo don Crisanto Lamparilla, que se hizo cargo de su andar, pintar el retablo (para desquitarse del doctor), disponer el bautismo, que fue solemne, en Tlalnepantla, así como el banquete que se dio al cura y a las autoridades y vecinos, lo que valió más coles, alcachofas, gallinas y guajolotes, que los que recibía ordinariamente cada semana, y algo en plata en cuenta de honorarios.

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