Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
En las clases y educación de las gentes de México (como en las de España) hay todavía más diferencia y matices que la que los químicos han establecido en los colores. Casilda era la hija del pueblo bulliciosa, alegre, de un cierto talento natural, vehemente en sus pasiones, sabiendo apenas leer y sin más nociones ni ideas que las de las cosas y objetos que pasaban por su vida diaria; hábil, sin que nadie la hubiese enseñado, para hacer un buen guiso al uso del país y unos frijoles refritos; coser en blanco y asear y gobernar su cuarto; buena y completa como ella misma lo vociferaba, con el hombre que la mantenía. No se había casado por… flojera… porque era necesario que se leyeran las amonestaciones en la parroquia, pagar los derechos al cura y… al fin era lo mismo: vivían juntos. Evaristo la quería, eran marido y mujer, menos la bendición del cura.
Tules era otra cosa. Era una mártir. Sabía leer y escribir regularmente, dobladillar muy fino, bordar hasta realzado con hilo de oro; la doctrina y las cosas de la religión le eran familiares, y como su memoria era feliz, retenía la erudición que escuchaba en los sermones; Salomón era su íntimo conocido, Rebeca y Esther sus amigas, y San Pedro, Santa María Egipciaca y la Magdalena, sus favoritos. Y nada se diga de la Virgen, en la que confiaba ciegamente. Muchas ocasiones acompañó a Agustina a la modesta casita del Chapitel de Santa Catarina y las dos rezaron salves y novenas hincadas de rodillas delante de la maravillosa imagen de Nuestra Señora de las Angustias. ¿Tules se casó con el tornero? ¡Nada de eso! La casaron y contribuyeron a eso Agustina, la condesita, el conde mismo, que veía con tanta indiferencia y despego a la servidumbre de su casa con excepción de Agustina. Tules se casó, pues, con el tornero, simplemente porque era hombre y la pidió en casamiento y porque su madrina lo quiso así. El tornero, que creyó tener una pasión o que tal vez lo sintió así, se consideró como engañado, como chasqueado al no encontrar más que una papa, desconociendo las excelentes prendas domésticas que formaban el fondo, el carácter de su mujer; y de esto provino que, pasada la luna de miel, fuese resfriándose la pasión absolutamente brutal de Evaristo, hasta convertirse en fastidio y en aversión buscando entonces como compensación sensaciones que le proporcionaba el carácter movible y rasgado de Casilda; pero en fin, una mujer legítima no se abandona como se abandona una querida, y a una mujer que tiene la fuerza y el prestigio de la Iglesia, el apoyo de la autoridad civil y demás personas que vean por ella y la defiendan, no se da fácilmente una paliza.