Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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Apenas había salido Casilda del umbral de la puerta cuando Evaristo se levantó de la silla. Su primer ímpetu fue detenerla y reconciliarse con ella; pero se detuvo y vio con una especie de terror y de sentimiento alejarse aquella mujer que andaba lentamente, como empujada con esfuerzo por el viento delgado y frío de la noche. Al fin Casilda había sido su primera querida, lo había acompañado en los días de infortunio, lo había amado a su manera, sin palabras dulces ni frases mentirosas que no sabía decir ni le permitían su educación y poca cultura; pero en los hechos, económica, fiel, sirviéndole de todo al pensamiento, había sido en la extensión de la palabra lo que se llamaba una buena compañera.

¡Despedirla así, con groseros ultrajes, con una paliza como se la da un carnicero bruto al perro que le roba un hueso! Esto no era justo, no era bueno. Evaristo, bien a su pesar, tuvo que reconocerlo en los pocos momentos que permaneció como una estatua apoyado en el marco de la puerta; pero brevemente se operó la reacción. La carita alegre y simpática de Tules, con su armador blanco, su pelo negro bien peinado, y sus enaguas muy almidonadas y limpias, se le presentaron delante de la sombra que se alejaba y que se confundió a poco entre la oscuridad de la noche, entre la espesura de los árboles y los murmullos del río que corría tranquilo, sin preocuparse de la dolorosa e inicua escena que había pasado cerca de sus orillas.

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