Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Juan, sin haber aprendido religión alguna, sin tener nociones de la moral ni más enseñanza que los rezos que oía murmurar a Nastasita y las ceremonias de la misa, a la que rara vez iba, creía en la Providencia y sentía en su interior alguna cosa neta y fuerte que le hacía distinguir las buenas de las malas acciones, que es lo que se ha convenido en llamar conciencia. Aparte del cariño que lo ligó a Tules, el asesinato injusto y brutal que perpetró Evaristo lo había horrorizado, y las aventuras y extrañas mudanzas de su vida le habían dado una cierta experiencia. Si se le acababa un apoyo, venía indispensablemente otro a sustituirlo. Esto le hacía pensar que algún ser desconocido y misterioso velaba por su vida. No era un cuento que le habían contado como cuentan a todos los niños. A él, huérfano, amamantado por la caridad inconsciente de una india, nada le habían referido, en ningún regazo maternal había descansado. Era la verdad neta y palpable que había pasado por su vida. Sin darse él mismo cuenta de estos sentimientos, más tranquilo, pues que no había encontrado a ninguna de las vecinas y nadie lo perseguía, llegó con cierta confianza al puesto de fruta, y al día siguiente, tan pronto como el mercado estuvo solo, contó a Cecilia lo ocurrido.
-Desde que te eché el ojo -le contestó ésta- me latió que eras un buen muchacho; siéntante y come. -Y le pasó algunas cazuelas con comida que Juan devoró con avidez, pues desde la víspera no había probado bocado. Los huesos y los pedazos de tortilla los tiraba a la perra Comodina, que estaba echada a sus pies.