Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
-¡Bendito sea Dios, que se ha muerto una persona de dinero y de gusto! A la gente ordinaria le importa muy poco que la entierren en cualquier parte. A las personas bien nacidas les gusta, cuando se mueren, que las metan en un cajón forrado de terciopelo, y después en un sepulcro con su losa de mármol; que vayan detrás muchos coches particulares o aunque sea de alquiler; muchos dolientes y, sobre todo, muchos pobres del hospicio con sus hachones de cera. Yo no sé qué le ha sucedido a México de un año a esta parte; o no se mueren más que los pobres; o si son de algunas proporciones se me figura que van en pelo, en un cajón de madera de pino, sin un responso, sin pobres del hospicio, como unos herejes, sin nada; y esto lo debemos a los masones, que van esparciendo doctrinas y máximas y acabarán con la religión y con el hospicio. Ya me mandó avisar Zurradurregui que era el último mes que me fiaba las semillas. Dios hará que esto se componga; por ahora tenemos ya treinta pobres del hospicio para el entierro de don José María Carrascosa, y ya es algo. Hombre raro, original, según me ha contado mi compadre; pero la verdad, lo entendía, si es cierto, como dicen, que ha dejado un recuerdo para los pobres del hospicio. Si no se cogen los licenciados el legado y el resto de la testamentaría, tendremos con qué pagar a Zurrandurregui sin necesidad de pedir nada al Ayuntamiento. Que no se olvide mandar a Marcos, y que sea uno de los que carguen al muerto. Es muchacho fuerte; en la calle me contaron que en el último entierro él solo cogió el cajón y lo colocó en el nicho y que pesaba, porque el difunto era gordito.
Este edificante discurso lo pronunciaba don Epifanio delante de su escribiente-secretario, que lo escuchaba con mucha atención.