Amores by Ovid

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No pretendo que permanezcas inocente siendo tan hermosa; mas tampoco creo que haya necesidad de que lo sepa, por mi desgracia; mi censura no intenta convertirte en una mujer irreprochable; sin embargo, querría que te esforzases por parecerlo. No falta la que sabe negar el delito: sólo la culpa vanagloriosa trae la infamia. ¿Qué furor sientes de sacar a la luz del día lo que oculta la noche, y revelar públicamente lo que hiciste en secreto? La meretriz que entrega el cuerpo al primer desconocido, aparta antes las miradas del público cerrando la puerta de su tugurio. Tú alardeas del oprobio que mancilla tu fama y eres la pregonera de tus escándalos. Vuelve a mejor acuerdo, imita a las honradas, y aunque no lo seas, que yo te admire como un dechado de probidad. Lo que hiciste, hecho está; pero niégalo rotundamente, y no te sonroje hablar en público el lenguaje de la modestia. Hay un sitio adecuado a la crápula; llénalo con todas las impurezas, y que el pudor se aleje de allí; mas en el momento que lo abandones, relega al olvido tu lascivia, y que tu cama sola sepa tus desafueros.

Allí no repares quitarte la túnica, ni cruzar tus piernas con las de tu amigo, ni que roce con su lengua tus labios de púrpura, ni que la pasión invente mil modos de gozar; no cesen las tiernas promesas ni las palabras incitantes, y estremézcase la cama con la movilidad de vuestros cuerpos; pero al vestirte la túnica, toma el aspecto de la inocencia temerosa, y que un falso pudor disfrace tus noches obscenas. Burla a la gente con tus palabras; engáñame, déjame vivir ignorante, y que labre mi dicha una estúpida credulidad. ¿Por qué veo tantas veces las tablillas que envías y recibes?; ¿por qué apenas advierto espacio de tu lecho que no esté hundido?; ¿por qué tus cabellos andan más alborotados de lo que suele ponerlos el sueño, y distingo en tu cuello las señales impresas de los dientes? Sólo te falta realizar tus delitos a presencia mía. Si no te condueles de tu fama, conduélete de mi. Pierdo el seso y me pongo a morir cuantas veces me confiesas tus extravíos, y la sangre discurre helada por mis arterias. Te amo; deseo odiarte, y siento que me es imposible, y entonces quisiera morir, pero junto contigo. No pretendo averiguar tus pasos, ni descubrir lo que tratas de ocultarme; estimo tus faltas como una acusación desprovista de fundamento. Si te sorprendo alguna vez en medio de la culpa y mis ojos llegan a ser testigos del oprobio, aquello que haya visto bien niega que lo he visto, y desmentiré a mis ojos por creer tus palabras. Te será muy fácil la victoria sobre el que desea ser vencido como tu lengua se acuerde de decir : «Es falso.» Con estas dos voces puedes subyugarme a tu antojo; vence, si no por la justicia de tu causa, por la lenidad de tu juez.

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