Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Evaristo medio aturdido, mojado, sangrándole el casco y furioso como un perro atacado de hidrofobia, tuvo, sin embargo, la serenidad suficiente para tomar sus precauciones. Se dirigió a la carbonería, cogió un sombrero de petate, cerró la puerta, y echándose la llave en la bolsa, se deslizó arrimándose a las paredes por el laberinto de callejones fangosos y solitarios y se alejó de aquel rumbo, temiendo ser perseguido y alcanzado por las terribles mujeres que habitaban el almacén de fruta. La noche negra y todavía lluviosa lo favoreció, y sin encontrar más que algunos serenos dormidos, llegó a la garita de Guadalupe a esperar que la abriesen a la llegada de los hatajos de pulque. Salió a la calzada sin ser notado y caminó de prisa hasta la llanura árida y solitaria de Zacoalco, descansando en los jacales ya arruinados donde vivieron las brujas, y allí al amanecer un día nebuloso y húmedo lo fue a encontrar Hilario con una parte de los soldados que formaban la escolta. Montó a caballo y más bien corriendo que galopando llegaron todos sin novedad al Rancho de los Coyotes, donde estaba el resto de la escolta y además muchos de los valentones de Tepetlaxtoc.
-Amigos -les dijo Evaristo, ya que se había lavado y cambiado el traje mojado y sucio de carbonero por el vistoso y plateado de capitán de rurales- hoy, en vez de escoltar, tenemos que asaltar las dos diligencias que se reúnen en la venta de Río Frío, pues un viejo alemán ha puesto una nueva fonda y los pasajeros almuerzan todos allí, y después cada uno sigue su camino.