CAPÍTULO 26
PARTE II
Amor casual
CAPÍTULO 26Visible text2 paragraphs
El compadre platero había tenido sus veinte años, ¿quién que ha llegado a cuarenta o cincuenta no los ha tenido? Lo que quiero dar a entender con esto, es que a los diez y nueve, a los veinte y aun a los treinta años, Santos Aguirre era derecho, bien conformado, con ojos insinuantes y lascivos, con una abundante cabellera negra, la que con sólo lavarse con agua natural se le rizaba, y metiéndose la mano en lugar de peine, se formaban aquí y allá rizos graciosos que le caían bien por la frente y hacían a su fisonomía muy simpática. A los veinte años era ya un oficial, y un hábil oficial que su maestro distinguía mucho, le confiaba las obras más delicadas y las comisiones en que se trataba de enseñar piedras preciosas, de cobrar cuentas de valor, de comprar plata y oro en la casa de moneda, de acompañar a las señoras a otras platerías o almacenes cuando no encontraban en la del patrón las alhajas o efectos que deseaban.
Al taller de la Alcaicería venía, de tiempo en tiempo, una señora rica del Estado de Michoacán, que poseía una serie de ranchos productivos y hermosos en las cercanías del lago de Pátzcuaro, que se llamaban Los Laureles, sin duda por el mucho laurel que crecía por dondequiera, hasta el punto que tenían que arrancarlo para que no perjudicase a las siembras o a otras plantas del jardín. La señora habitaba indistintamente en uno u otro de los ranchos, pues cada uno de ellos tenía una cómoda y bonita casa.
