Los bandidos de Río Frío coverCAPÍTULO 22
CAPÍTULO 22

PARTE I

Cecilia

CAPÍTULO 22Visible text2 paragraphs
Juan, sin haber aprendido religión alguna, sin tener nociones de la moral ni más enseñanza que los rezos que oía murmurar a Nastasita y las ceremonias de la misa, a la que rara vez iba, creía en la Providencia y sentía en su interior alguna cosa neta y fuerte que le hacía distinguir las buenas de las malas acciones, que es lo que se ha convenido en llamar conciencia. Aparte del cariño que lo ligó a Tules, el asesinato injusto y brutal que perpetró Evaristo lo había horrorizado, y las aventuras y extrañas mudanzas de su vida le habían dado una cierta experiencia. Si se le acababa un apoyo, venía indispensablemente otro a sustituirlo. Esto le hacía pensar que algún ser desconocido y misterioso velaba por su vida. No era un cuento que le habían contado como cuentan a todos los niños. A él, huérfano, amamantado por la caridad inconsciente de una india, nada le habían referido, en ningún regazo maternal había descansado. Era la verdad neta y palpable que había pasado por su vida. Sin darse él mismo cuenta de estos sentimientos, más tranquilo, pues que no había encontrado a ninguna de las vecinas y nadie lo perseguía, llegó con cierta confianza al puesto de fruta, y al día siguiente, tan pronto como el mercado estuvo solo, contó a Cecilia lo ocurrido.
-Desde que te eché el ojo -le contestó ésta- me latió que eras un buen muchacho; siéntante y come. -Y le pasó algunas cazuelas con comida que Juan devoró con avidez, pues desde la víspera no había probado bocado. Los huesos y los pedazos de tortilla los tiraba a la perra Comodina, que estaba echada a sus pies.