Explore "Angelina" by Rafael Delgado on Textopian. Read with annotations and highlights.
Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana, aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acaso agria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguía de mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lo dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos, encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa, reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que la Carmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos, moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, y engrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente, vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar a los vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.
En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propacia la maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensa del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio solteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sin duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de aquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal era resultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.