Angelina by Rafael Delgado — Read

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Grato pasatiempo diario fué para mí la tertulia que se reunía todas las tardes, dadas las cinco, en el despacho del jurisconsulto. Concurrían de ordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a menos que los deberes de su profesión se lo impidieran), don Cosme Linares, y el escribano Quintín Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso y decidor. Inteligente, instruído, perspicaz, oportuno, hacía que le oyéramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban. Recibió el título a mediados del 67; había estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y en México. Leía mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tenía grande afición a los estudios serios; gustaba de las ciencias eclesiásticas, y siempre andaba a vueltas con la Moral y la Teología. Había que escucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la de controvertir y disputar, y otra, muy dulce y pacífica, el tresillo nocturno en casa de Sarmiento, con el P. Solís, don Cosme, y algunos más. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su carácter, cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.

Cuando él peroraba nadie metía baza; era capaz de discutir con el lucero del alba, y hasta con los moradores de ultra-tumba. Cierta vez,-así lo cuentan en Villaverde,-el amigo Porras fué llevado a un círculo espiritista, con visos de lógia masónica, fundado recientemente por don Juan Jurado, un «huizachero» de Pluviosilla. El gran círculo, centro de teósofos y de libres pensadores, formando al uso del liberalismo más avanzado, era por aquellos días piedra de escándalo para los piadosos timoratos villaverdinos, y dió quehacer y congojas al Cura y a sus vicarios, y mucha tela para sermones al bueno del P. Solís; y, qué más, hasta puso en manos del «pomposísimo» la pluma gloriosa del apologista.

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